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  • La AMA era mi primer reality show

    La AMA era mi primer reality show

    Antes de la terapia, antes de los blogs, yo ya era escritora. Lo que pasa es que mi escritorio tenía ruedas, olía a diesel y a veces no pasaba.

    Hay un amor del que nadie habla en voz alta: el amor de mirar gente. People watching. Mi deporte favorito desde que tengo memoria, y honestamente el único en el que sigo invicta.

    Déjame llevarte pa’trás. Era una nena todavía, acababa de empezar a consumir cannabis, en esa etapa donde uno se cree bien filosófica pero en realidad solo tiene hambre y mucho tiempo libre. Mi ritual era sagrado. Me daba mi toque en la calle Loíza, cogía la AMA (sí, la magnífica AMA, ese transporte público que funciona cuando Dios quiere y el chofer amaneció de buenas) y me iba pa’ Viejo San Juan. Llegaba, me compraba un cafecito, me sentaba, y escribía.

    Pero ojo, no escribía sobre mí. Eso vino después, con factura de terapeuta incluida. En aquel entonces yo escribía sobre ellos. Los extraños de la guagua.

    Porque una guagua de la AMA es un teatro con ruedas. Todo el que se monta por esas escaleras trae una vida completa encima, y si tú te quedas calladita y de verdad miras, la vida se le empieza a salir por las costuras. Cómo agarran la cartera. Cómo miran por la ventana como si le estuvieran diciendo adiós a algo. Los zapatos. Yo tenía un amigo, Adrián Marco, que decía que los zapatos son tu primera carta de presentación, y tenía toda la razón. Los zapatos siempre me lo decían todo.

    Así que yo les inventaba nombres y vidas enteras. Ellos nunca supieron. Se bajaban en su parada y desaparecían pa’ siempre, pero en mi libretita seguían viviendo.

    El Caballeroso

    Tú conoces el tipo. El señor que todavía cree en los buenos modales aunque al mundo se le olvidaron hace rato. Se paraba pa’ darle el asiento a cualquier mujer, a cualquier viejita, a cualquier mamá cargada con fundas del Pueblo. Le decía buenos días al chofer como si importara.

    En mis historias yo decidí que perdió al amor de su vida sin nunca atreverse a confesárselo, porque eran mejores amigos y le dio miedo dañar lo que tenían. Y que toda esa amabilidad era él cargando ese casi que nunca fue. ¿Pruebas? Ninguna. Nunca me hicieron falta. Ese es el chiste, ese es el lujo. Yo era guionista, jueza y Dios, todo desde un asiento pegajoso de la AMA.

    El del look funky 80’s

    Y después estaba este. El del outfit ochentoso y el pelo ochentoso, como si se hubiera bajado de un video musical de El General y se negara rotundamente a actualizarse. Colores que gritaban, actitud, un corte de pelo que requería compromiso. Todos los demás vestidos pa’ desaparecer, pa’ que nadie los mirara. Él vestido pa’ que lo recordaran.

    En mi libreta era un hombre que tuvo una sola década buena en su vida, y en vez de llorarla, decidió ponérsela puesta pa’ siempre. Honestamente, respeto. Y mira, hoy 26 de junio del 2026 lo entiendo mejor que nunca, porque ando en plena crisis de identidad. Ya no me siento yo cuando me pongo un vestido. Así que un señor que sabe exactamente quién es y se lo pone encima sin pedir permiso, ese señor me lleva ventaja.

    El amor del que nadie habla

    Esto es lo que el people watching me dio, y lo que todavía me da. No es chisme. No es juzgar. Es algo más parecido a la ternura, aunque me dé cringe decirlo. Cuando tú miras a un extraño el tiempo suficiente como pa’ inventarle una historia, algo te pasa por dentro. Empiezas a entender que todo el mundo carga algo. Que todo el mundo es el mundo entero de alguien. El señor molestoso, la mujer triste, los nenes gritones, el tipo que huele a ron a las nueve de la mañana. Todos son protagonistas de una película que tú nunca vas a poder ver completa.

    El cafecito ayudaba. El toque me bajaba las revoluciones lo suficiente pa’ notar los detalles. Pero la verdadera maestra fue la pura, simple, aburrida costumbre de prestar atención, que quizás es la cosa más cariñosa que uno puede hacer por gente que nunca va a conocer.

    Ya no cojo la AMA como antes. La vida cambió, como cambia siempre, y ahora mi guagua es otra ciudad, otro idioma, otro frío. Pero todavía me encuentro a mí misma en un café, en una fila, en una sala de espera, mirando. Inventándole vidas a extraños. El Caballeroso y el del look funky andan por ahí todavía, en alguna parte, montados en sus propias guaguas, siendo observados por alguna otra persona calladita que decidió que le importaban.

    Y quizás ese es el punto completo. Todos somos el personaje de alguien. Todos estamos siendo amados desde el otro lado del pasillo, por gente que nunca notamos que nos amaba.

    Mira, hasta el sol de hoy esa es mi religión: mirar, inventar, querer a la gente desde lejos antes de quererla de cerca.

    Graciasss por leerme 🍒

    Génesis

  • La gente sabe de reggaeton pero no sabe mucho del arte de Puerto Rico 🇵🇷

    La gente sabe de reggaeton pero no sabe mucho del arte de Puerto Rico 🇵🇷

    ATX, 2024. Arte x Efrén  Candelaria

    Hace poco tuve una conversación con una amiga sobre cultura puertorriqueña. Hablando de lo que el mundo conoce de Puerto Rico, de cómo nos ven afuera, de qué cosas nos representan. Y se hizo bien obvio, en esa conversación, una realidad que llevo tiempo notando: cuando la gente piensa en cultura boricua hoy, piensa en reggaeton. Y ya.

    No me malinterpreten. Amo el reggaeton. Es nuestro, es brutal, y está cambiando el mundo. Que el género que nació en los caseríos de la isla sea hoy uno de los más escuchados del planeta es motivo de orgullo.

    De hecho, ahora mismo el MCA Chicago tiene una exposición que se llama Dancing the Revolution: From Dancehall to Reggaetón, abierta hasta el 20 de septiembre de 2026, curada por la boricua Carla Acevedo-Yates. La muestra reúne más de cuarenta artistas y argumenta que el reggaeton y el dancehall no son solo entretenimiento, sino historia política, resistencia, y herencia del Atlántico Negro. Una belleza por todo lo que representa.

    Pero hay un lado menos lindo de este momento cultural. Y es que el reggaeton se ha vuelto tan grande, tan exportable, tan presente en cada playlist. Cuando alguien dice “cultura boricua”, la primera imagen que aparece, incluso para muchos de nosotros, es musical. Y específicamente urbana.

    Mientras tanto, hay pintores, escultores, fotógrafos, curadores, haciendo cosas demasiado brutales. En la isla y en la diáspora. Yo voy hablar por los que conozco que están metiéndole en la isla. Y muchas personas, incluyendo gente boricua, no sabe sus nombres. Saben de más reggaetoneros que de artistas del patio. Esa es la cosa.

    Los nombres que deberíamos saber de memoria

    Aquí va una lista. No es exhaustiva, ni pretende serlo. Es una puerta. Si tú no conoces ninguno de estos nombres, te dejo el reto de buscarlos esta semana.

    Efrén Candelaria es artista interdisciplinario y emprendedor social. Lleva más de 25 años en la industria del arte trabajando como instalador, técnico de museo y consultor, además de ejercer la docencia en instituciones como The Art Institute of Chicago y la School of the Art Institute of Chicago.

    Héctor Madera es de la vieja escuela boricua, y lleva años haciendo obra que mezcla escultura, pintura e instalación con un sentido del humor y del color que es bien suyo.

    Rogelio Báez Vega trabaja desde Santurce. Sus pinturas usan capas de óleo, cera de abeja y pigmento de oro para retratar la arquitectura modernista de Puerto Rico, esos edificios de los años 50 y 60 que prometían un futuro de progreso y que hoy aparecen consumidos por la vegetación tropical o vendidos al mejor postor. Su obra está en colecciones como el Whitney, el Pérez Art Museum Miami, y el Museo de Arte de Puerto Rico. Además fundó el Estudio de Grabado Experimental en Villa Palmeras, un taller comunitario de grabado. Eso también es parte del trabajo.

    Juanra Gutiérrez / The Stencil Network es muralista y artista gráfico y de graffiti. Estudió comercio y arquitectura antes de convertirse en artista visual autodidacta. Su trabajo combina nuevas tecnologías con elementos del graffiti, como el stencil, principalmente en murales y vallas publicitarias. En 2010 creó la plataforma The Stencil Network para compartir sus experimentos artísticos, y desde entonces ha recibido encargos de marcas como Jet Blue y Coors Light, y ha participado en ferias internacionales como Art Miami y Art Paris. Su obra se puede ver en estaciones de tren en Las Vegas, Miami, Nueva York y Viena.

    Larissa De Jesús Negrón hace pintura surrealista que mezcla la nostalgia de Puerto Rico con la introspección psicológica. Vivió nueve años en Nueva York y recientemente regresó a la isla, y eso se nota en su trabajo más reciente, que se siente como un reencuentro. Ha expuesto en Londres, Montreal, Mallorca, Los Ángeles.

    Saki Sacarello, Natalia Sanchez 🤩, Kivan Quiñones, Manuel Mendoza, Jean-Pierre Villafañe. Búscalos uno por uno. Sigue sus instagrams. Mira cómo cada quien está procesando lo que significa hacer arte desde Puerto Rico, o desde la diáspora, en este momento histórico tan extraño.

    Y los espacios que los sostienen:

    Antonio del Valle con Sabroso Project está haciendo trabajo crucial como curador y galerista, abriendo espacios para que estos artistas circulen en ferias internacionales y conversen con públicos que de otro modo nunca verían su obra. El trabajo de los curadores y galeristas independientes muchas veces se queda invisible, pero sin ellos no hay ecosistema. Sabroso ha presentado a varios de los nombres que mencioné arriba.

    El Kilometro // Karlo Andrei Ibarra + Yiyo Tirado Rivera. El Kilometro es un proyecto colaborativo entre dos artistas que también funciona como espacio para pensar y producir desde Puerto Rico. Karlo Andrei Ibarra y Yiyo Tirado Rivera vienen cada uno con prácticas individuales fuertes, y juntos arman un esfuerzo que insiste en mantener la conversación sobre arte boricua viva, dentro de la isla y conectada con lo que pasa afuera. Ese tipo de trabajo, que sostiene comunidad y genera contexto, vale tanto como las piezas mismas.

    Hay tantísimos más. Y esa es justo la cosa: la lista nunca se acaba.

    Una invitación, sobre todo a los míos

    Si eres boricua leyendo esto, este post es para ti más que para nadie. Nuestra cultura es muchísimo más que la canción del verano. Tenemos pintores, escultores, performeros, fotógrafos, curadoras, galeristas, haciendo trabajo que está dialogando con lo mejor del arte contemporáneo mundial.

    Llevemos sus nombres en la boca con la misma facilidad con que cantamos las letras de Bad Bunny.

    Si estás en Chicago antes del 20 de septiembre de 2026, ve al MCA a ver Dancing the Revolution. Vale toda la pena. Y mientras tanto, no esperes por nadie para empezar. Sigue galerías como Embajada en San Juan. Sigue a Sabroso Project. Invierte en pintores boricuas, lee a curadoras como Melissa Ramos o Marina Reyes Franco. Suscríbete al newsletter del Museo de Arte Contemporáneo de Puerto Rico y del Museo de Arte y Diseño de Miramar.

    Que cuando hablemos de cultura boricua, los nombres de nuestros artistas plásticos salgan tan fácil como salen los de los reggaetoneros.

    Graciasssss por leerme,

    Génesis 🍒